Martes 21 de Noviembre de 2017
  

C Observatorio

Traigo penas en el alma


A la memoria de un amigo bueno

Por Mario Martini

Conocí a Leopoldo Sánchez  Zúber en 1999 cuando me apresuraba a editar la segunda época de Paralelo 23, después de un largo período de reposo forzado por el toledismo que sin embargo abrió espacio para el surgimiento de la no menos heroica Talacha que tuvo lo suyo mientras duró. Me lo recomendó por Internet nuestro mutuo amigo Guillermo Fárber Bejarano, también mazatleco radicado en la ciudad de México, que ya escribía para nosotros una columna sobre política. Aun a la distancia fue el inicio de una amistad para siempre, abonada con relatos íntimos, una que otra lisonja de ida y vuelta por algún texto certero o con el riego de simples conversaciones del paisaje cotidiano  que intercambiamos a través del correo epistolar que mantuvimos durante 18 años hasta unos días antes de su muerte a las 8:25 de la mañana del 15 de julio pasado.

Sus primeros artículos, propios de una mente luminosa, analítica, constructiva, los dedicó al sistema educativo mexicano que era desde su óptica –y la de muchos, la mía incluida- el lastre más pesado de la nación que nos mantendría en el subdesarrollo durante las primeras décadas del siglo XXI. Abordó con particular insistencia la situación de los jóvenes mexicanos, atrapados entre la disyuntiva de la mediocridad o el suicidio, tema para él obsesivamente circular. No fue difícil para mí ir tejiendo la admiración que se  prodiga a la serena sabiduría de quienes miran la vida con pausas y la diseccionan en finas rebanadas para luego asestar la propuesta demoledora, impecablemente sensata.

Escribió en 2012:
“Un buen gobierno es responsable de sacar a su pueblo de la inmadurez, de la ignorancia, antes de intentar dirigirlo democráticamente. Por eso la buena educación del pueblo debe ser la responsabilidad máxima de todo gobierno, su principal objetivo, porque de eso va a depender el crecimiento de la nación y el bienestar de los ciudadanos. Por lo tanto, para lograr que en México funcione un sistema de gobierno democrático es necesario ANTES educar, ANTES desarrollar a esos 60 millones de mexicanos que hemos dejado en la indigencia material e intelectual, ayudarlos a rescatar su dignidad de modo que puedan y quieran hacer una buena elección de gobernantes, y quizá ser ellos mismo buenos gobernantes”.

Coincidimos puntualmente en el tema de la legalización de las drogas que Paralelo 23 empezó a debatir en sus páginas desde la segunda época en 1999, en la necesidad de reformar profundamente al sistema educativo y en la profilaxis de la mala práctica democrática que la partidocracia pervirtió a conveniencia.

Cuando anunciamos la iniciativa ciudadana Todos Somos Sinaloa que en 2011 intervino en apoyo a la educación pública en la colonia Ricardo Flores Magón del puerto mazatleco –uno de los polígonos urbanos de mayor violencia y marginación-, Polo fue uno de los pocos amigos que –aun en la exageración de un liderazgo modesto- nos alentó para superar el anunciado fracaso, imposible de enfrentar la corrupta y poderosa maquinaria de Elba Esther Gordillo que secuestró por décadas a la educación mexicana:
“Te felicito, Mario.
Estoy contigo en lo que mis desgastados huesos puedan servirte.
Esto es lo que yo esperaba: ¡un líder!
Recibe un abrazo.
Leopoldo”

No hubo un solo ejemplar de Paralelo 23 en el que dejará de aparecer la firma de Polo Sánchez Zúber que había llegado al tercer tiempo de la vida con los dolores de la poliomelitis que padeció desde joven y que fue disminuyendo su salud con la paciencia con la que el salitre del mar carcome  las entrañas de las rocas costeras. Durante los últimos años nuestras conversaciones giraron alrededor de la salud quebrada de ambos y no dejábamos de celebrar mutuamente textos de uno u otro a veces certeros, conciliadores, congruentes o suicidas.

En 2009 finalmente nos conocimos personalmente en la presentación de mi libro La Patria Íntima, suceso que guardo en el corazón con especial afecto por la generosidad con la que habló de la recopilación de biografías de sinaloenses destacados que me impuse como tarea vital después de la tarde percudida en la que salí del Nivel –la primera cantina de México, en la calle de Corregidora- cargando la humillación que me infringieron zapotecas, tarascos y olmecas que remataron sus vehementes alocuciones sobre las glorias de sus etnias:  “…los sinaloenses nomás tienen a Pedro Infante que era contrabandista de casimires, a Lola Beltrán que consumía drogas y al Chapo Guzmán, el criminal más buscado de todos los tiempos. ¡Esas son sus glorías!, exclamaron al clavar la estocada hasta los gavilanes. El desagravio terminó en un libro de más de 800 páginas.

Polo desmenuzó como propias las historias de La Patria Íntima –título magnífico, regalo de Chacho Fárber- y viajó en sus recuerdos hasta la casa de la Nana Ramírez a donde  iba con su amigo de toda la vida -el ingeniero Mario Arturo Huerta Sánchez- a escucharla tocar el piano. Con humildad, evadió su propia historia, incluida en el libro:
“La sola invocación del apellido Zúber nos remonta al próspero y apacible Mazatlán de finales del siglo XIX e inicio del XX, cuando la decencia de los comerciantes porfirianos rayaba en la cortesía exagerada, plasmada con acierto por Joaquín Pardavé en la caracterización de don Susanito Peñafiel y Somellera que lo consagró como primer actor en la cinta México de mis Recuerdos, y retratada localmente por el fotógrafo Zúber que en los tiempos libres de su trabajo con los Hermanos Felton subió a las cumbres suicidadas del puerto a capturar “vistas” que nostálgicos cibernautas mazatlecos circulan hoy por la red.

Lienzo de memorias
Alejado de la fotografía, pero con la habilidad narrativa para dibujar memorias sobre lienzos en blanco, recorre en flashback los vericuetos juveniles que lo llevaron a venerar la música: “fue en 1943. Yo tenía 18 años y aún vivía en mi patria chica: Mazatlán. Desde niño había sentido atracción por la música, no tanto debido a los breves compases de alguna aria de ópera que habría escuchado, sino a las obras de Chopin que mi hermana Yolanda interpretaba estupendamente, y a las sonatas de Mozart que salían por las ventanas con rejas de fierro y persianas de madera del único foco de cultura, de arte, de sabiduría, de bondad y buen gusto que había en el puerto por aquellas fechas y no ha habido otro igual: la casa de Margarita Ramírez Urquijo, cariñosamente llamada La Nana Ramírez.

“Ese año, a pesar del superficial espíritu religioso de nuestra gente, había gran excitación por el próximo congreso eucarístico que culminaría con la entronización de la Purísima Concepción como Reina del Puerto y de los Mares. Después de vagar por las playas entré a la ciudad, y al pasar por la iglesia escuché un majestuoso sonido como el rugir de un monstruoso príncipe encantado: el gran órgano tubular, que después de años era desencantado por el talento y las expertas manos de un músico excepcional: Miguel Bernal Jiménez. Junto con el órgano se oían frescas las voces de un espléndido coro de niños que suplían los cascados intentos con que una anciana mazatleca solía armonizar las misas dominicales, y que una infortunada mañana, en el esfuerzo de alcanzar un do de pecho, voló fuera del coro su dentadura postiza.
“Esta vez era diferente. Entré al templo y me entregué a escuchar. La música me produjo una emoción que no me había producido el coro de Los Cosacos del Don que meses antes se había presentado allí mismo. Lleno de curiosidad detuve a una mujer que pasaba junto a mí y le pregunté quiénes eran aquellos músicos. Me contestó que el organista era un famoso maestro de Morelia, y el coro, los Niños Cantores de allá mismo. Ensayaban el himno a la Virgen recién compuesto por el maestro Bernal Jiménez. Al término del ensayo me acerqué a la puerta que conducía al coro para ver a los músicos cuando bajaran, sólo verlos a distancia con la timidez, con el temor, que me producía reconocerme en tan desproporcionada relación con ellos. Caminé hacia el maestro sin poder hablar, y pronto él me notó.

-”Hola –me dijo amable- ¿te gustó el concierto?” Titubeando, pero decidido a que mi relación con él no quedara allí, y temeroso de que fuera a escapárseme aquella presa salida de un mundo que yo imaginaba sólo dentro de mis discos, contesté: -Sí, me gustó mucho –e impulsivamente agregué- lo invito a cenar a mi casa. El maestro me miró sorprendido. En aquél tiempo, en Mazatlán, una invitación sin justificación no era extraordinaria. Muchos turistas cenaron en mi casa después de un par de horas de conocerlos. Eran tiempos de mayor espontaneidad.

“Como el maestro no respondía, volví a la carga: -¿Dónde está hospedado, maestro? Yo puedo pasar por usted a la hora que me diga. -Estoy con mi esposa y mis dos hijos –respondió sin rechazar la invitación. -Entonces será mejor que mañana a medio día coman los cuatro en mi casa-. Otro hubiera desconfiado de que un muchacho aborigen, quizá mezcla de yaqui y mayo, lo invitara a comer quién sabe qué platillos en quién sabe qué lugar con quién sabe cuáles otros comensales. Pero no fue así. La desconfianza no iba con la segura actitud que el maestro Bernal mostraba con quien necesitara de él o simplemente deseara acercársele. -Y tus padres... ¿estarán de acuerdo? –me preguntó aceptando implícitamente. Yo le aseguré que sí, y lo dije con tal aplomo que al siguiente día, a la una de la tarde, recogía al maestro, a su esposa María Cristina Macouzet y a sus dos pequeños hijos para llevarlos a mi casa.
 “Sin conocer ni importarle el tamaño intelectual y artístico del invitado, mi madre estaba lista con un sabroso menú. En ese momento tampoco yo sabía que mi invitado era el músico más grande de nuestra patria. Para mí sólo era un organista que me había impresionado mucho. Después de las presentaciones y bienvenidas, el maestro Bernal se detuvo ante una pancarta que mi padre había traído a casa días antes, que mostraba una barra de plata con una franja horizontal en su parte media dividida en tres campos con los colores de nuestra bandera y con las palabras Acción Nacional.. Las letras eran mayúsculas y de color azul, y estaban en los extremos superior izquierdo e inferior derecho respectivamente. Eso fue suficiente para que entre ellos se iniciara un recíproco interés. Durante la Revolución la familia de mi padre había sido víctima de un bestial saqueo, mi madre había sufrido el asesinato de su padre, y en 1929 ambos habían sentido las masacres con que Plutarco Elías Calles y sus huestes acribillaban en Culiacán al pueblo que pretendía llevar a José Vasconcelos a la presidencia. Así que la reciente formación de un partido con signos de eficacia política y administrativa, así como de honradez, ofrecía esperanzas o al menos la ilusión de que podía volver la cordura al país.

“(…) Esa tarde descubrimos algunos méritos del maestro, de hecho una porción menor, muy menor: nos enteramos de que era el autor del hermoso himno a la Virgen Reina del Puerto y de los Mares que la tarde anterior había escuchado en catedral. Ya para despedirnos, mi padre le ofreció al maestro el silencio y la paz de una quinta que tenía junto al mar, por el Paseo Claussen, donde había un quiosco en el que el maestro podría escribir su música o sus libros. Y aceptó. Los siguientes dos o tres días, el maestro se refugiaba por la mañana en casa de La Nana Ramírez a platicar en un nivel cultural que yo no alcanzaba, y a usar sus pianos para verificar una obra grande que estaba componiendo (se me ocurre que quizás era el Cuarteto Virreinal). Por la tarde yo lo recogía para llevarlo a la quinta de mi padre. Allí lo dejaba unas tres horas concentrado ante un paisaje que empezaba con un mar bravo, sonoro y rebelde, y se seguía plácido hasta las remotas Tres Islas, junto a las cuales se ocultaba el sol lanzando al último momento un rayo de luz verde, y un par de minutos después, las nubes, “arrebatadas en rojos torbellinos”, se encendían en monumental incendio.

“Sólo mucho después me enteré que Miguel Bernal Jiménez había fundado el coro de los Niños Cantores de Morelia, tan bueno o mejor que los Niños Cantores de Viena, y de que era autor de una amplísima producción musical, de la que sólo mencionaré algunas de sus cumbres, como la majestuosa Sonata de Navidad, el “Álbum Catedral”, que el reconocido compositor y musicólogo Tarsicio Herrera Zapién encuentra equivalente al “Álbum para la Juventud” de Schumann, del que el mismo Schumann confesó haber recibido más satisfacciones que de sus obras grandes. Y hablando de la grandeza de sus obras menores, mencionaré que Plácido Domingo cantó por toda Europa el villancico “Por el Valle de Rosas”, y volvió a cantarlo en Viena en su concierto navideño anual de 1996; además, su Aleluya en Sol fue cantado por un conjunto de 200 voces en un festival de coros.

“Además de su música, Bernal Jiménez compitió contra el autocrático partido en el poder para un puesto de elección popular, escribió 173 artículos y 11 libros sobre armonía, composición musical y otras disciplinas, que se han utilizado como textos en escuelas mexicanas y del extranjero. Yo mismo estudié armonía en su texto. Yo, en lo particular, guardo un bello recuerdo del maestro Bernal, de la grandeza de su música, de su mirada dulce y profunda, de su plática generosa, de su imponente presencia. Y hasta hace poco guardaba los originales de unos de sus villancicos que él mismo me regaló”.

Origen y producción literaria
Polo, como cariñosamente lo tratan sus amigos capitalinos y mazatlecos en el exilio voluntario, nació un día de Escorpio en Mazatlán, Sinaloa, en el año 1926.  Sus primeros 18 años los vivió entre pescadores. Durante un día entero realizó estudios superiores en la escuela de química de la Universidad Nacional Autónoma de México. Luego estudió composición en la Escuela Nacional de Música, donde, tras dos años de reveladores esfuerzos, reconoció su incapacidad para ser un buen músico. Finalmente logró ser un mal ingeniero en el Instituto Tecnológico de Monterrey. Trabajó para la banca, la industria y el comercio como asesor en desarrollo organizacional. Su vena literaria, estimulada en las tertulias de la querida Nana Ramírez, la pulió en el histórico taller Mester de Juan José Arreola. Los últimos 32 años los ha dedicado a escribir cuentos, ensayos y novelas. En octubre de 1992 publicó la novela Qué más te da Morir (Editorial Joaquín Mortiz), y en 1997 la novela Nota Roja: El Iceberg (Editorial Aldus). Antes, en 1966, publicó tres colecciones de cuentos: Marejada (Editorial de la Universidad Veracruzana, con el apoyo del escritor Sergio Galindo y el aval de Juan José Arreola), Fiesta Ritual (Editorial Novaro), Concierto, quasi una fantasía (Coedición de El Colegio de Sinaloa y la Universidad Autónoma de Sinaloa). El Colegio de Sinaloa le publicó ensayos sobre la escritora sinaloense Inés Arredondo y el danzante José Limón. En 2003 Editorial Trillas publicó una colección ilustrada de siete cuentos para niños. Fue colaborador de la última época del legendario Semanario La Talacha y actualmente publica una columna de crítica social en el periódico cibernético La Palabra.. Desde 1999 formó parte de colaboradores de planta de Paralelo 23.
40 años después de haber publicado el cuento Marejada, sobre el que Juan José Arreola dijo: “a la apretada diversidad de sus páginas, este libro agrega un elemento poco frecuente en nuestras letras: está escrito con riguroso estilo, en un lenguaje vivo y animado, cuyos libres períodos recuerdan la presencia del mar”, en 2007, nuevamente bajo el auspicio de la Universidad Veracruzana, publicó Juegos para Adultos, novela sobre la vida social mexicana que se desarrolla de 1945 a 1968. En 2009 la Universidad Veracruzana publicó su novela Soledad en Llamas.

A sus 80 años cumplidos en 2009, afectado por una secuela de poliomielitis, habita una pacífica y apacible casa de retiro en el Distrito Federal, dedicado a vivir sin reposo para escribir.
(Semblanza  publicada en el libro La Patria Íntima de Mario Martini)

Aprovechó la presentación de La Patria Íntima para regalarme su más reciente novela Soledad en Llamas, publicada por las Universidad Veracruzana, un texto que dibujaba su talento y profundidad sobre las insignificancias cotidianas de la vida que su pluma transformaba en prodigios existenciales.

De muchos dolores hablamos los últimos meses. Ambos, sin decirlo, teníamos el presentimiento de algo fatal. Hablaba de la muerte como un episodio más del ciclo vital, sin sobresaltos o exultaciones que matizaran la seriedad del episodio. Sereno se preparaba a ver la luz al final del túnel y regocijados como dos niños hablábamos de ese momento como si nunca fuera a ocurrir.

En 2014 circuló mi libro Vivir en la Raya y nuevamente le pedí que me hiciera el honor de presentarlo en la ciudad de México con los mazatlecos que por allá viven y que forman un público igualmente generoso. A pesar de que  su salud iba a la baja tuvo la decencia de responder a la invitación:
“Mi querido Mario, será para mí ocasión de orgullo presentar tu autobiografía. Mira: aunque mi salud es muy frágil, me gusta participar en el mundo de las letras cuando tengo energía, aunque sea en pequeñas dosis. Yo te agradecería que me enviaras ya el texto (o al menos parte de él)  para ir leyéndolo. Si para unos días antes de la presentación no me he muerto y he escrito lo mínimo indispensable y tengo suficientes energías para leer o hablar, con gusto presento tu libro. Perdona que no pueda ofrecer algo más rotundo, más seguro, pero yo mismo no sé cuándo y a qué  grado contar con mi salud. Te mando un abrazo”.

No tuve la fortuna de que lo presentara ni yo tampoco pude viajar para acompañarlo en la presentación de su libro:
“Mi querido amigo Mario. Te agradezco mucho que te acuerdes de mí. Me hubiera encantado verte en la presentación de Soledad en Llamas. Estuvo muy bien. Yo esperaba que alguien fuera en tu nombre para enviarte con él la novela. Por favor dame tu dirección para  enviarte un ejemplar. Ya libre del compromiso con mi novela, escribiré de nuevo artículos para La Talacha. Te mando un fuerte abrazo. Leopoldo”.

Fue un puntual colaborador que siempre estaba presente en las páginas de La Talacha y Paralelo 23 para abordar los temas del momento.   Sobre el futuro del país, escribió en la edición de marzo 2017:
“Corremos el peligro de que tras las elecciones del 2018 cambiemos de presidente y hasta de partido político ¡pero no de sistema de gobierno! TODOS los actuales partidos y sus miembros están contaminados de codicia y hambre de poder. Nos queda la esperanza de que tome las riendas algún candidato independiente, sin las lacras de los políticos actuales. Mas para eso tenemos que estar de verdad unidos tanto los actuales grupos de activistas de resistencia civil como el resto de los ciudadanos.
“Una idea para los jefes de grupo: México es líder mundial en el negocio de ventas por multinivel. Estos grupos políticos podrán usar ese sistema para crear líderes que hagan tres funciones:  una, promover la ideología de un gobierno limpio y sin partidos; dos, reclutar más “seguidores”; y tres, desarrollar mas líderes que realicen las mismas tres funciones. Porque sólo que El Pueblo esté Unido/Jamás será Vencido”

En su último artículo, publicado en la edición de junio 2017, abordó el tema del suicidio como un mal nacional y concluyó:
“No, la idea de que México está sumido en el desastre no es una idea falsa que esté en nuestra cabeza. Lo que está en nuestra cabeza y en nuestro corazón  -como lo digo arriba- es la falta de solidaridad del gobierno con nuestro pueblo, la rabia por la cínica corrupción y por la impunidad de nuestros políticos y de algunos de los grandes empresarios. No es una fantasía que esté en nuestra cabeza el México en derrumbe de que hablan las estadísticas del INEGI y de instituciones oficiales. Es una realidad que debiera estar en la cabeza del presidente”.

Ya desde inicio de este año 2017, empezó a releer las dolencias de su cuerpo y escudriñó el trayecto que habría de transitar entre médicos, medicinas y quirófanos. En enero publicó el artículo ¿De verdad morimos, a qué grado?:
“En una dictadura como la nuestra, en la que la corrupción y el cinismo de nuestros gobernantes ha llegado a extremos inimaginables, no vale la pena seguir comentando sus crímenes, saqueos, asesinatos, traiciones a la patria, ineptitudes y mentiras.
“Por eso, en esta ocasión  -y tal vez en otras futuras-  cambiaré de rumbo y adoptaré temas alejados de la política… aunque no del interés del pueblo.
“El tema de hoy trata a la vez de divulgación científica y de vida espiritual. Debido a mis limitaciones personales, ambos temas serán tratados sencillamente, en forma tan simplificada que hasta yo pueda entenderlos:
“El lunes 7 de noviembre de 2016, el prestigiado periódico británico “The Daily Express” publicó un artículo en el que informa que el equipo del investigador físico británico Roger Penrose  (1) probó que unas proteínas cerebrales llamadas microtúbulos ‘contienen información cuántica (2) sobre el ser humano, información que podría perdurar tras la muerte del cuerpo’. O sea, que en nuestro cerebro hay materia que nos sobrevive a la muerte.
“Surge una primera pregunta: ¿Qué importancia puede tener eso para mí? La tiene porque el Dr. Roger Penrose considera la posibilidad de que esas ‘proteínas cerebrales que podrían perdurar tras la muerte del cuerpo’ sean lo que algunas corrientes religiosas y/o espirituales llaman ‘el alma’.
“El periódico británico Daily Mail (3)  habló de que los Drs. Stuart  Hamerroff  (4) y Sir Roger Penrose desarrollaron una teoría consistente en que nuestra alma está contenida dentro de las estructuras llamadas microtúbulos.  Y un documental emitido por el canal televisivo ‘Science’ de los EE UU, explica que, según el Dr. Hamerroff, cuando el corazón deja de latir y la sangre deja de fluir, los microtúbulos pierden su estado cuántico y la información contenida en ellos no se destruye, pues no puede ser destruida: sólo se disipa en el universo.
“En el cristianismo se habla de la vida después de la muerte, primero en forma espiritual y luego en la resurrección del cuerpo físico. En el budismo se habla de repetidas muertes y reencarnaciones en las que cada vez el alma va a habitar un nuevo cuerpo que le da la oportunidad de avanzar en su iluminación. De cualquier modo lo que ahora nos importa es la confirmación científica de que no morimos del todo, de que no morimos definitivamente”.

Nuestra última conversación trató sobre una próxima intervención quirúrgica que anunciaba complicaciones. Me avisó que no colaboraría en la edición de junio para dedicarse a recuperar la salud y someterse a la voluntad de Dios. Falleció el 15 de julio anterior, dejando en mi un gran espacio que espero llenar algún día cuando encuentre -a contraluz del Rayo Verde- algunos de sus microtúbulos flotando entre la brisa marina de Olas Altas, hacia donde seguramente volará su alma eternamente mazatleca.
Traigo penas en el alma.

Nota: como un homenaje permanente, seguiremos publicando su columna Mar de Fondo en Paralelo 23, en la que recuperaremos una selección de sus artículos que, como su recuerdo, son extraordinariamente vigentes en un país convulsionado por la corrupción.

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