Sábado 17 de Agosto de 2019
  

C A confesion de parte

Estado laico y matrimonio igualitario


Por Vicente Hernández Delgado

Parte I

La idea del Estado laico no puede explicarse sin las aportaciones del pensamiento político desde el s. XIII y las luchas que en Europa se van a suceder hasta el s. XVIII. En México, los conflictos que durante el s. XIX dividieron al país y llevaron a los dos grandes bloques –el conservador y liberal- a intentar establecer su proyecto de nación representaban, de un lado, los intereses de los grandes beneficiarios de la explotación, rentismo, monopolio y control de la riqueza nacional y del otro, la pequeña burguesía ilustrada, propietaria y sectores depauperados que habían organizado la lucha contra la intervención extranjera, contra el imperio de Maximiliano –éste liberal pero comprometido con la causa conservadora- y contra una iglesia católica que ya había participado en todos los conflictos del siglo XIX en alianza con las causas del conservadurismo.


Aunque la idea del Estado laico no fue una invención de los liberales mexicanos, aquí como en Europa se había conformado en el propósito fundado en la razón de limitar o contener el monopolio del poder político y económico junto al de las conciencias por parte de la iglesia católica, es decir, el estado laico devino históricamente para separar las funciones de lo público con lo religioso, o de lo secular con lo eclesiástico, garantizando pluralidad de creencias, la tolerancia y el ejercicio de la libertad de enseñanza.


EL ORIGEN DE LO LAICO Y LAICIDAD

La baja edad media (1270-1400) permite ilustrar de manera temprana un desarrollo de la teoría política cuyas vertientes son la idea de la soberanía popular, origen de lo secular, legitimidad popular del poder y una relación distinta entre la iglesia y los estados que implicaba una explicación distinta del ejercicio del poder.


En el s. XIV, Juan de París y Felipe IV El Hermoso expresaron sus desacuerdos con el poder espiritual de la Iglesia por encima del poder temporal atribuido a la monarquía. Al desafiar este último la autoridad del Papa Bonifacio VIII, y una vez derrotado por el ejército de éste, Felipe El Hermoso terminó arrodillándose ante aquel, reconociendo su autoridad. Este diferendo histórico se resolvería con la consolidación de las monarquías absolutas ya bien entrado el s. XVII.


En la edad media, el término de lo Laico (laique) se refería a aquello que no es eclesiástico ni religioso, la distinción entre clérigos y laicos (laics) supone al primero asociado a lo espiritual o religioso y el segundo al que no lo está o que siendo cristiano no pertenece a ninguna congregación religiosa. De esta manera, cuando nos referimos al Estado Laico lo hacemos para definir a la entidad política y soberana representativa del poder secular y diferenciarla del poder espiritual que representan hoy en día las diferentes iglesias, el mismo que garantiza la equidad o la no discriminación, incluyendo los derechos de las minorías, es decir, la libertad de conciencia o la libertad de creencias en sentido amplio, así como la libertad de no creer.


En el Renacimiento, la emergente ciencia política, el arte, el derecho y las teorías filosóficas acerca de la secularización del poder, cumplieron una aportación relevante, como lo muestran los escritos de Maquiavelo, Guillermo de Ockam y Dante. Marsilio de Padua fue el primer cristiano en proponer la exclusión del clero en asuntos públicos y en la organización de la vida social.


Por su parte, el término Laicidad (laicité), surge en Francia en 1870 como consecuencia del debate sobre la libertad de enseñanza laica o no  confesional, y al definir al Estado como neutral ante las confesiones religiosas y tolerante de todas ellas. De acuerdo a P. Laugeron, el principio de laicidad es consustancial con el surgimiento del Estado moderno, ubicado por encima de los poderes espirituales y representativos del poder temporal, garante de la libertad religiosa y de la libertad de creencias o de conciencia.

Los temas que justificaron la guerra de treinta años durante el s. XVI y los sucesos del s. XVII, fueron antecedente de lo que en el periodo de la Ilustración del siglo XVIII reflejaron las obras de Voltaire en su “Tratado de la Tolerancia”, al proponer la tolerancia mediante la libertad de pensamiento, y de Condorcet, quien en su obra “Sur l´Intérét des Princes a´séparer la religión de l´État” propone evitar mezclar los asuntos religiosos con los públicos en materia de enseñanza y conceder a las expresiones religiosas plena libertad, resumiendo la libertad de conciencia (pensamiento y religiosa) y la separación entre el Estado y la Iglesia Católica.


El fundamento ideológico y político de estas libertades fue llevado a la práctica en la revolución Francesa a través de la constitución de 1789 y las que le seguirán, entre ellas la nuestra de 1857. La laicidad, entonces, habría que entenderla como un proceso histórico y cultural cambiante en la evolución de cada Estado y sociedad, instrumento social de convivencia armónica y civilizada entre diferentes y diversos grupos sociales para vivir sobre bases de paz y respeto mutuo; como habremos de verlo en adelante.


LAS LEYES DE REFORMA

Los antecedentes inmediatos de las Leyes de Reforma fueron la Ley Juárez de 1855 que suprimía privilegios del clero y del ejército y declaraban a todo ciudadano igual ante la ley; luego la Ley Lerdo de 1856, que obligaba a las corporaciones civiles y eclesiásticas a vender casas y terrenos que no estuvieran ocupadas por éstas, a quienes las arrendaban a efecto de producir mayor riqueza; y la Ley Iglesias de 1857, que regulaba el cobro de derechos parroquiales. Por su parte la Constitución de 1857 declaraba la libertad de enseñanza, de imprenta, de industria, comercio, trabajo y asociación, así como la organización territorial de las  provincias y de la república federal, democrática y representativa, entre otros aspectos.
Pero la mejor expresión de laicidad y de la conceptualización del Estado  laico lo representan las Leyes de Reforma de 1859, que en su preámbulo, argumenta a favor de “…adoptar la más perfecta independencia entre los negocios del Estado de los de carácter eclesiástico; …suprimir todas las corporaciones de regulares ( órdenes religiosas sometidas a una regla) del sexo masculino y cerrar los noviciados de los conventos de monjas, …declarar que han sido y son propiedad de la nación todos los bienes que administra el clero”.

El siglo XX en México va a ser el escenario recurrente de ese diferendo histórico, primero con la guerra de los cristeros, luego, cuando Jesús Reyes Heroles, fiel representante de la escuela liberal, sostiene una interesante polémica con los grupos conservadores respecto a los contenidos de los libros de texto gratuito, defendiendo el concepto de lo laico y laicidad brillantemente.


LA REFORMA SALINISTA

Con la llegada de la modernidad y del modelo neoliberal a nuestro país, se requirió de reformas a la Constitución en temas que correspondían a la tradición liberal y social del estado mexicano, fue en este contexto que la reforma salinista de 1992 al artículo 24 constitucional, reflejó lo cambiante del concepto de laicidad a que nos hemos referido, pues modificó el término singular de referencia a “Iglesia”, por el de “Iglesias” incluyendo en tal sentido a todas las agrupaciones y expresiones religiosas que existen en  el país, lo que reafirmó el concepto de laicidad que implica garantía de pluralidad, propia de una sociedad democrática o que aspira a serlo.


 La causa se debía a que durante mucho tiempo, iglesias emergentes desde principios el siglo XX como la Luz del Mundo y otras sectas habían considerado discriminatorio el trato preferencial que el Estado mexicano había tenido con la jerarquía de la iglesia católica; lo cual era contradictorio con el espíritu de los artículos 130 y 24 en cuanto a la neutralidad del Estado. Por otro lado, tras la rebelión zapatista de 1994, las reformas constitucionales posteriores en materia de los derechos indígenas y de las minorías, modificaron sustancialmente el concepto de igualdad y de no discriminación, señalados en el artículo 1º de la Carta Magna.

Continuará